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Con excepciones tan notables como las películas de Amenábar, la tónica general indica que cada comedia española recauda casi el doble que los dramas

El reciente informe de la Academia de Cine sobre la última y nada prodigiosa década aportaba algunas claves sobre por qué nuestros actores y directores no venden más palomitas. "La industria elige el drama y el espectador la comedia" era el título y resumen del revelador documento, que por otro lado desmontaba algunos tópicos, como que solo sepamos hablar de la guerra civil, tema que ocupa ni más ni menos que el 1,45% de los largos estrenados.

Con excepciones tan notables como las películas de Amenábar, la tónica general indica que cada comedia española recauda casi el doble que los dramas (1.197.000 euros frente a 652.000 de media), pero a la hora de producir y dirigir, nos decantamos por el llanto frente a la risa en una proporción casi inversamente proporcional. (428 títulos dramáticos contra 278 cómicos). Que la taquilla dé sobre todo motivos para llorar no debe causar sorpresa. Aún menos sentido (comercial) tiene la «moda» documental, género que supone el 17% de nuestras películas cuando en términos de recaudación apenas supera el 1%.

Algo va muy mal si estrenamos la mitad de títulos y recaudamos menos de la tercera parte

Se podría abrir un debate sobre si el creador debe o no intentar complacer a su público, pero como industria, los resultados reflejan una tozudez inexplicable, causa que parece suficiente para el divorcio. En defensa de la tendencia imperante, cabe argüir que el drama no solo es más fácil de hacer, sino que se vende mejor fuera de España, donde nuestro cine (¿inexplicablemente?) tiene un éxito mayor.

Engordar para morir

Otro dato incontrovertible es la crisis que aqueja a nuestras producciones desde 2006, con el prometedor (y 'mentidor') paréntesis del año pasado. 2010 ha despeñado todos los gráficos, empezando por el de número de títulos estrenados, tanto españoles como extranjeros. En el último año asomaron la cabeza la mitad de películas españolas que en 2009 (60 frente a 139), pero aún es más alarmante comprobar que la recaudación pasó de 107 a 30 millones de euros, cifra que bordea el ridículo. Nos hemos dejado 7 millones de espectadores en un año.

Hay que tener en cuenta que estos números corresponden a los datos recogidos hasta septiembre, lo que mueve a dos reflexiones: es dudoso que las últimas películas españolas estrenadas, incluidas lluvias y baladas, hayan cambiado demasiado el panorama, y resulta inexplicable que el Ministerio todavía no disponga de un medio ágil para facilitar cifras medianamente fiables de lo ocurrido el año pasado (este texto se terminó de escribir el 28 de enero).

Como pensamiento más general, algo va muy mal si estrenamos la mitad de títulos y recaudamos menos de la tercera parte, descenso que no justificaría ni una flota entera de piratas, si acaso estos se especializaran en el abordaje de las películas producidas dentro de nuestras fronteras. La única lectura positiva es que 2011 no puede ser peor.

Antes de pensar en el reparto de subvenciones, la ministra debería encargarse personalmente de que Amenábar aumente el ritmo de producción, por lo menos hasta alcanzar el de Woody Allen.

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