El Partido Popular no está acostumbrado a protagonizar experiencias como las que ha vivido en los tres últimos meses, en las que las críticas internas han hecho su aparición tras la segunda derrota electoral consecutiva en las urnas.
Han sido “momentos duros” en los que han pasado “cosas que no son propias” en el PP , como reconoció hace unos días Mariano Rajoy, un líder que amagó el adiós en el balcón de la calle Génova la noche del 9 de marzo pero que dos días después consideró que él era quien encarnaba la salvación.

A esa convicción llegó tras una reflexión que le llevó a asegurar que su continuidad al frente del partido era lo mejor para España y para el PP y a recordar que también Felipe González y José María aznar perdieron dos elecciones generales antes de llegar al Palacio de la Moncloa.
Si él está seguro de que a la tercera irá la vencida, las dudas se han prodigado en algunos sectores, y un puñado de dirigentes se ha atrevido a decirlo en voz alta o a que se deduzca de sus palabras.
Pero el “atrevimiento” no ha ido a más. Juan Costa, el único que dejó públicamente abierta la posibilidad de presentar una candidatura alternativa, renunció finalmente a ello por la dificultad de conseguir los avales necesarios.
Además, Esperanza Aguirre mantuvo una calculada ambigüedad para estar en primera línea y convertirse en foco de atención de los medios de comunicación ante la posibilidad de que disputara el liderazgo a Rajoy.
En el seno del partido no faltan las interpretaciones de que ambos han dejado el poso de la disconformidad ante lo que pueda suceder en el futuro y, en concreto, ante los resultados del partido en próximas citas electorales como los comicios europeos y gallegos.
Para otras elecciones, las vascas, el PP no contará con María San Gil. Se ha quedado en el camino del debate interno al considerar que no podía confiar en la dirección nacional del partido porque, como redactora de la ponencia política del XVI Congreso , atisbaba cambios con los que no estaba de acuerdo en la relación con los nacionalistas.
Los cambios, al parecer, no llegaron, pero ella decidió situarse al margen y anunciar que no volverá a presidir el Partido Popular en el País vasco.
Fue, quizás, la decisión más dolorosa para Rajoy en los últimos noventa días, mucho más que las críticas provenientes de dirigentes y ex dirigentes del PP como Francisco Álvarez Cascos, Gustavo de Arístegui o Gabriel Elorriaga, aunque las de éste fueran especialmente llamativas por el hecho de que haya trabajado con él codo con codo en los últimos años como responsable de Comunicación.
También decidieron borrarse para el futuro Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, mientras que otros, como Esteban González Pons y Alberto Ruiz-Gallardón, se han situado en primera línea de apoyo a Rajoy.
El respaldo a su reelección es la nota predominante. Todos los presidentes regionales del partido, salvo Aguirre y San Gil, lo escenificaron en un acto en Valladolid, mientras que Nuevas Generaciones hizo lo propio en Murcia.
Poco a poco se han ido explicitando esos apoyos, y aunque muchos han mirado de reojo a la posición que podía mantener José María Aznar, éste no ha dado muchas pistas, al menos en público, y sólo rompió su silencio para pedir “un proyecto sin complejos” que cuente con “los mejores”.
Con la suerte prácticamente echada, los compromisarios acuden a Valencia con la esperanza de que el 22 de junio comience una nueva etapa en la que los adversarios sólo estén en otros partidos. La mayoría quiere alejar el fantasma de un cierre en falso de la crisis.